El Cid: momificado, sentado, y expuesto al público

Saturday, 11 February 2017 08:08
Helen Cassan Dra
Helen Cassan Dra

Zon Staff

Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid, no es sólo el protagonista de un cantar de gesta del siglo XIII conocido como Cantar de Mio Cid. También fue un personaje histórico, hijo de molineros, aupado a caballero por su capacidad militar, y partícipe en la política de los reyes castellanos Sancho IV y Alfonso VI. Se ha hablado mucho de su vida, pero pocos conocen el destino de su cadáver tras su muerte. Sentado y momificado, puede que después de todo sí ganara una batalla después de muerto.

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Habiendo vivido en la mitad de la Edad Media, El Cid tuvo una esperanza de vida acorde a los estándares de su tiempo. Moría entre mayo y julio de 1099, con cincuenta años, que era la edad media de un varón en el siglo XI. Paradójicamente, en el único año en que no libró ningún combate porque todos los demás, desde su adolescencia, estuvo en activo en alguna batalla, guerra o contienda local. A su muerte había cumplido el sueño de todo hombre medieval: elevarse a noble con la fuerza de su brazo, y partiendo de la nada. Lo que no ignoramos es si se encontraba, entre sus últimas voluntades, el deseo de ser embalsamado.

La noticia de que el caballero había sido convertido en una momia la consigna Fray Francisco de Berganza en su obra “Antiguedades de España”. Aunque es un intento de crónica histórica nacional, mezcla apuntes sobre documentos hallados en los archivos del monasterio. En uno de ellos se describe, según su testimonio, la súplica de los monjes para que retiren al cadáver, cuya nariz se ha desprendido, y su rostro está “afeado”. Es fácil imaginar lo que había sucedido. Pasados diez años expuesto en la capilla monacal, la piel del cadáver se había resecado y caído a trozos, dejando ver el hueso del esqueleto. Dado que la iglesia original era románica, y estos templos suelen ser muy oscuros, la imagen de Rodrigo a la luz de las velas debía resultar de lo más tenebrosa. 

Esta es la cabeza momificada de Santa Catalina de Siena con su aspecto actual, conservada en la basílica Santa Sopra Minerva, Roma. Mirándola podemos hacernos una idea de qué veían los monjes de San Pedro de Cerdeña cuando miraban la cara de El Cid.

Berganza añade que el modo de ponerle solución al asunto fue abrir una bóveda al lado del altar mayor, para que el Campeador pudiera seguir en la iglesia, sin estar visible. Y es aquí donde asegura que su figura está sentada en un trono de marfil, con todas sus armas y ropas, además del escudo y la bandera, colgados en la pared. El añadido de esta cripta fue realizado en 1112, y volvemos a saber de él un siglo después. En 1272 el rey Alfonso X de Castilla ordena construir un sepulcro que albergue el cuerpo del guerrero. No hace falta ser muy imaginativo para elucubrar que para entonces tanto las ropas como la momia estarían cayéndose a pedazos.

Cuerpo incorrupto de San Diego de Alcalá, muerto en 1463, tal como se expone en la Catedral de Alcalá de Henares. Es interesante hacer notar que en él podemos observar el característico envejecimiento de las momias. Con el paso del tiempo, la piel apergaminada se contrae, partiéndose en algunas parte y dejando expuesto el hueso. Así el aspecto natural conseguido con el embalsamamiento se va perdiendo.

Pero la nueva tumba no iba a ser su lugar de reposo definitivo. En el año 1447 la iglesia románica original fue derruida para erigir el actual templo gótico. El sepulcro de Rodrigo fue reubicado, y después movido de lugar varias veces, hasta tener una capilla propia, y dedicada a su memoria. Allí estuvo hasta 1809, cuando los ejércitos franceses, en la Guerra de la Independencia, saquearon el monasterio. Los huesos del Cid fueron sacados del sepulcro, y esparcidos, a la búsqueda de joyas y objetos de valor que reposaran con el muerto. El intelectual francés Vivant Denon, que viajaba con los militares, los devolvió a su lugar. Pero un año después nombraban gobernador de Castilla La Vieja al general Paul Thiébault, que acudió a retirarlos. Tras envolverlos en una sábana, los tuvo un año guardados debajo de su cama. A la espera de que construyeran El Espolón, un monumento conmemorativo frente al Ayuntamiento de Burgos.

Vivant Denon devolviendo los restos de El Cid y Doña Jimena a su sepulcro. Óleo de Fragonard en el Museo Antoine-Lecuyer, de San Quintín. Fuente: Web Gallery of Art, http://www.wga.hu/

La restauración del absolutismo por Fernando VII, posterior a la Guerra de la Independencia, propició que los monjes de San Pedro de Cerdeña pudieran volver a reclamar los restos de Rodrigo. Que volvieron allí por un corto espacio de tiempo. La desmortización de Mendizábal hizo que el monasterio quedase abandonado, y el ayuntamiento de Burgos recogió y guardó los huesos en una urna. Sólo en 1921 se llevaron a la Catedral de Burgos, donde siguen hasta el día de hoy.

Sólo el embalsamamiento del cadáver de Rodrigo Díaz tras su muerte hubiera hecho posible lo que cuenta Berganza. Y aunque no es muy conocida, esta era una práctica frecuente en la Edad Media para los cristianos que podían permitírselo. Los embalsamadores dotaban al muerto de un aspecto muy similar al de las momias egipcias, pero sin las vendas. En el fondo de todo ello latía una creencia cristiana fundamental: el día del Juicio Final, cuando Dios resucitara a los muertos con el mismo aspecto y carne que tuvieran en vida, no podrían presentarse ante el Creador si a sus cadáveres les faltaba una parte. La momificación era un modo de asegurar la integridad del cuerpo.

El interés por la momificación había resurgido en Oriente, concretamente en el Imperio Bizantino. La gran demanda de Occidente por las reliquias propició que surgieran fabricantes de cuerpos incorruptos, que vendían por trozos, o enteros, a supuestos santos. Los musulmanes participaron del negocio, pues sus vecinos cristianos pagaban grandes cantidades por tales objetos sagrados.

Esta es la momia del caballero germánico Christian Friedrich von Kahlbutz. Su proceso de momificación fue natural, y debido a haber sido enterrado en dos ataúdes de roble, uno dentro de otro. Y también a una notable hemorragia, causa de su muerte, y provocada por la tuberculosis que padecía. Esta es la razón por la que se conserva mejor que los cuerpos embalsamados, y podemos ver incluso la posición de manos orantes con que le colocaron al ser enterrado. Su cadáver es hoy una atracción turística más de la localidad de Kampehl, en el estado alemán de Brandeburgo.

Pero no disponemos de fuentes documentales que atestigüen que El Cid pidiera ser embalsamado en sus últimas voluntades. Tampoco sabemos si fue decisión de su viuda Doña Jimena. Pero sí sabemos que cuando hubo de retirarse de sus posesiones valencianas, porque ni con la ayuda del ejército castellano de Alfonso VI podía defenderla frente al imperio almorávide, mandó llevarse el cadáver de Rodrigo de la catedral de Valencia.

¿Estuvo por tanto El Cid sentado en su trono de marfil en Valencia, como lo estuvo después en San Pedro de Cerdeña? Si así fuera, ello explicaría la leyenda que habla de que Rodrigo ganó una batalla después de muerto. Según la misma, los líderes musulmanes preparaban el ataque a la ciudad pero dudaron cuando, a lo lejos, contemplaron al caballero cristiano, al que creían muerto, montado en su caballo y blandiendo su espada. Lo que dio tiempo suficiente al ejército castellano para retirarse sin presentar batalla. ¿Fue una momia lo que contemplaron de lejos?

El historiador Gonzalo Martínez Díaz, en su obra “El cid histórico” asegura que Berganza se inventó el testimonio, pero no aporta fuentes que contradigan al fraile, y más parece una opinión, por más que en su caso pueda estar fundamentada. Bajo mi punto de vista, la admirador del historiador por su ídolo prevalece sobre la posible verdad histórica. Aunque puede que jamás sepamos si a El Cid lo momificaron, y si así fue, porqué razón le pusieron sentado en un trono y con una espada en la mano. Lo cierto es que hubiera compuesto un icono muy parecido al de los santos, el propio Cristo, e imágenes de Dios Padre del arte románico. No hubiera sido necesario para perpetuarle, porque la historia de Rodrigo Díaz, hijo de nadie, ascendido por propios méritos, y enfrentado a las injusticias del poder político, iba a hacer de él una leyenda y un referente, que nunca llegó a olvidarse, y que resurgió con fuerza como ideal del Medievo durante el Romanticismo.

Fuente: http://lavozdelmuro.net/el-cid-momificado-sentado-y-expuesto-al-publico/

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